Consejo número uno para evitar incendios en la cocina: no quedarse dormido nunca dejando una olla al fuego. Y esta recomendación se convierte en una norma obligatoria si uno tiene algo que esconder, si no quiere llamar la atención y si vive en pleno corazón de Santiago, justo enfrente de la sede local del Partido Popular.
Los inquilinos del 3ºA de la calle Alfredo Brañas número 27, en Santiago, tenían ayer por la mañana el sueño profundo, ese sopor intenso que sólo provocan el cansancio extremo, algún debate televisivo o las drogas. Y, en este caso, ninguno de los durmientes había realizado trabajos forzados, que se sepa, ni mucho menos había desayunado con contertulio alguno. Así que...
A las ocho y media de la mañana los bomberos recibieron un aviso telefónico: del 27 de Alfredo Brañas salía una humareda digna de un cónclave. Los vecinos se asustaron de verdad, sabedores de que no se estaba eligiendo papa ni nada.
En pleno sueño
Los bomberos se cansaron de llamar a la puerta del tercero y nadie abrió. Así que entraron sin las llaves, a través de una ventana exterior. En la cocina, una olla de contenido indescriptible e indigerible se había abrasado, el fuego había saltado a la campana extractora y el resultado era una completa pena. Por fortuna, la ventana estaba abierta y el patio de luces hacía la función de tiro de chimenea, lo que evitó que el humo se extendiese por la vivienda.
Porque resulta que mientras la cocina se carbonizaba, dos chavales de unos veinte años dormían a pierna suelta en uno de los cuartos. A la Policía Local y a los bomberos les costó despertarlos. Más que dormir, hibernaban. Cuando los muchachos reaccionaron, se encontraron de frente con los hombres del servicio de extinción y con los agentes. La cosa no pudo continuar peor. Los policías, que revisaron el piso por seguridad, se encontraron con la maría en el cuarto de baño. No, no era una amiga asustada de los chicos, era el baño de maría propiamente dicho: doce hermosas plantas de marihuana germinando al calor de una lámpara de sodio y otras cuatro más pequeñas. Si llegan a arder con la cocina, el ambientazo hubiera sido digno de una fiesta jamaicana.
La cosecha
La situación no fue cómoda para los dos botánicos, que tuvieron que contestar a incómodas preguntas sobre la vivienda, sobre la cocina, sobre la pota y sobre la cosecha. Y a esas horas. El asunto se completó cuando, a las nueve de la mañana, más fresco que unos grelos, llegaba al piso el tercer inquilino, que se quedó de piedra cuando se encontró en su casa una convención de uniformes.
Después de que los bomberos dejasen bien apagada la cocina, los muchachos permanecieron toda la mañana en el piso custodiados por los agentes de la Policía Local. Pasaban de las dos de la tarde cuando la policía judicial entraba en el edificio para salir, veinte minutos más tarde, con todo un cargamento: una lámpara artesana utilizada para iluminar la plantación; los muchachos sin duchar, y la cosecha verde propiamente dicha. Y es que es muy importante no dejar las potas al fuego.

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